La precampaña electoral del 29 de noviembre ha entrado de lleno en el terreno de las matemáticas parlamentarias y los equilibrios de poder.
El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha explicitado este domingo que la conformación de un hipotético Ejecutivo de coalición junto a Vox «no depende de mí», dejando en manos de los resultados de las urnas la necesidad de compartir o no el Consejo de Ministros con Santiago Abascal.
En declaraciones publicadas este 8 de noviembre, el candidato popular insiste en que su hoja de ruta prioritaria consiste en alcanzar una mayoría parlamentaria suficiente en el Congreso de los Diputados y en el Senado que le permita gobernar en solitario mediante acuerdos puntuales de investidura y gobernabilidad con la formación de Abascal.
Sin embargo, al desvincularse de la decisión final sobre una coalición, Feijóo repite la táctica de diluir de antemano el coste político de cualquier cesión que exija la aritmética postelectoral.
Las líneas rojas de Génova ante la presión de las urnas
Frente al inevitable debate sobre las carteras ministeriales, Feijóo ha asegurado que Abascal nunca le ha planteado formalmente exigencias sobre vicepresidencias o departamentos concretos.
Como cortafuegos retórico, el dirigente gallego ha situado límites programáticos en caso de verse obligado a sentarse a negociar: respeto estricto al marco constitucional, rechazo frontal a cualquier recentralización de competencias autonómicas y defensa de los consensos institucionales en materia de igualdad.
No obstante, la apelación a una «mayoría cómoda» suena a voluntarismo en un mapa político fragmentado donde el Partido Popular ya ha normalizado ejecutivos compartidos o acuerdos de gobernabilidad en diversos gobiernos autonómicos.
Desde la dirección de Génova se busca no espantar al votante moderado mientras se evita un choque directo con la masa electoral de Vox, imprescindible en cualquier escenario para relevar a Pedro Sánchez en La Moncloa.
La Moncloa rentabiliza la amenaza del pacto para movilizar a la izquierda
Por su parte, el presidente del Gobierno y aspirante a la reelección, Pedro Sánchez, no ha tardado en utilizar esta indefinición para alimentar el discurso del miedo al bloque diestro.
Durante sus recientes actos de precampaña, Sánchez ha insistido en que la única alternativa a su continuidad es la entrada formal de la ultraderecha en el gabinete, tratando de reactivar a un electorado progresista desgastado por la erosión de la legislatura y los escándalos que cercan al Ejecutivo.
El tablero del 29N queda así condicionado por un juego de espejos: el PP intenta sortear el peaje de gobernar con Abascal transfiriendo la carga al veredicto de las urnas, mientras el Gobierno confía en que la confirmación de ese mismo pacto actúe como revulsivo de última hora para neutralizar su desventaja en las encuestas.













