La situación de la hostelería en Ceuta ha alcanzado un punto de no retorno.

Establecimientos emblemáticos, que han servido como motor económico y social durante más de una década, se enfrentan hoy a una realidad desoladora: una caída del 70% en su facturación que amenaza con el cierre definitivo de decenas de locales.

Los propietarios, lejos de recibir soluciones, se sienten abandonados ante una crisis que consideran peor que la vivida durante la pandemia.

La realidad en las calles de la ciudad autónoma es el reflejo de una gestión fronteriza fallida.

Los hosteleros, que antes dependían de un flujo constante de clientes, ahora ven cómo sus mesas permanecen vacías día tras día.

La incertidumbre es absoluta y el miedo a la quiebra se ha instalado en el sector, obligando a muchos a cuestionarse cuánto tiempo más podrán resistir sin ingresos suficientes para cubrir las nóminas y los costes operativos.

Resulta indignante observar cómo, mientras el Gobierno ignora la realidad de la frontera sur, los pequeños empresarios deben recurrir a la solidaridad de los agentes de las fuerzas de seguridad para mantener sus negocios a flote.

Son estos funcionarios quienes, en sus descansos, sostienen precariamente la actividad de locales que, de otro modo, ya habrían bajado la persiana definitivamente.

La crisis no es un fenómeno externo, sino una herida abierta en el corazón de la economía local.

La falta de medidas efectivas por parte del Ejecutivo ha provocado que la desesperación se apodere de familias que han dedicado toda una vida a la hostelería.

La pregunta que resuena en cada rincón de la ciudad es cuánto más puede aguantar un tejido empresarial que ha sido abandonado a su suerte.

Este escenario de precariedad es el resultado directo de una política que ha dado la espalda a las necesidades reales de Ceuta.

Mientras desde los despachos oficiales se intenta maquillar la situación, la realidad en las mesas vacías de los restaurantes cuenta una historia muy distinta: la de un sector que se desangra ante la pasividad de quienes deberían protegerlo.

La hostelería ceutí no solo pierde dinero, pierde su futuro.

La falta de una estrategia clara para la frontera ha convertido a los hosteleros en las víctimas colaterales de una gestión que prioriza los intereses partidistas sobre la supervivencia de los ciudadanos y sus negocios.